MOTU PROPRIO: 25 AÑOS ANTES DE SU PROMULGACIÓN, MONS. LEFEBVRE Y EL CARDENAL RATZINGER YA LO HABÍAN ANUNCIADO
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La reforma litúrgica de Pablo VI, sin precedentes en la historia de la Iglesia, tanto por el tenor de sus innovaciones como por el espacio que deja a la libre iniciativa del celebrante, se promulgó en 1969. Enseguida, suscitó reticencias y resistencias, desde las más altas esferas de la Iglesia –el Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missae de los cardenales Ottaviani y Bacci fue enviado a Pablo VI unas semanas antes de la entrada en vigencia del nuevo misal– hasta los simples fieles. También provocó la reacción de numerosas personalidades del mundo de las artes, las letras y las ciencias que manifestaron su preocupación ante el retroceso cultural que dicha reforma representaba, mediante el famoso manifiesto publicado en el Times del 6 de julio de 1971, que dio origen al llamado «Indulto Agatha Christie».

De hecho, a la muerte de Pablo VI, es decir, apenas diez años más tarde, resultaba claro, incluso para sus promotores, que la reforma no había cumplido sus objetivos y que hasta empezaba a vaciar las iglesias.

A inicios de la década de los ochenta, comenzó a manifestarse claramente una reacción: ¿por qué no permitir las antiguas formas litúrgicas a quienes allí encontraban el alimento espiritual y sacramental? Ya que todo parecía permitido, ¿por qué no permitir libremente también lo que se hacía antes? El mismo Pablo VI, antes de morir, ¿no había dado una señal significativa cuando relegó a Teherán a Mons. Annibale Bugnini, autor de la reforma? ¿Habrá comprendido el papa que la misa que llevaría para siempre su nombre, querida como expresión radiante de la "primavera" conciliar, se mostraba, en realidad, como un nuevo fermento de división en una Iglesia en pleno curso de debilitamiento?

Así pues, desde el comienzo del pontificado de Juan Pablo II, iniciado en 1978, se planteó la cuestión de la libertad de la misa preconciliar. Aun cuando habría que esperar treinta años para encontrar una respuesta en el Motu Proprio Summorum Pontificum de Benedicto XVI, ya dos personalidades que quedarán para la historia –nos guste o no, y cualquiera sea la apreciación que puedan merecer uno y otro–, como las figuras clave de la solución de la fractura litúrgica, es decir, Joseph Ratzinger et Marcel Lefebvre, la habían anunciado.



I – MONS. LEFEBVRE: LA «PROFECÍA» SOBRE LA LIBERTAD DE LA MISA EN 1979





El 11 de mayo de 1979, ante los seminaristas de Écône, Mons. Lefebvre declaraba: «Si el Papa le da a la Misa nuevamente el lugar que le corresponde en la Iglesia, ya lo sabéis, creo que se podrá decir que lo esencial de nuestra victoria se ha consiguido. El día en que verdaderamente la misa vuelva a ser la misa de la Iglesia, la misa de las parroquias, la misa de las iglesias –por cierto, todavía habrá dificultades, discusiones, oposiciones, todo lo que vosotros queráis pero, en fin, la misa de siempre, la misa que es el corazón de la Iglesia, la misa que es lo esencial de la Iglesia, esta misa retomará su lugar, tal vez no el suficiente al principio, sin duda habrá que darle un espacio mucho mayor, pero de todas maneras, el solo hecho de que todos los sacerdotes que lo deseen, puedan decir esta misa, creo que esto tendría consecuencias enormes en la Iglesia. Creo que, si eso se da, habremos servido para algo,… y bien, yo creo que la Tradición estará a salvo. El día en que la Misa esté a salvo, la Tradición de la Iglesia también estará a salvo, porque con la misa tenemos los sacramentos, con la misa tenemos el Credo, con la misa tenemos el catecismo, con la misa tenemos la Biblia y todo, todo. ¿Qué más queréis? Los seminarios, la Tradición a salvo. Yo creo que se podría decir que veremos de nuevo una aurora en la Iglesia, después de una tempestad tremenda, en la más profunda obscuridad, golpeados por todos los vientos y tornados existentes, y al final, pese a todo, en el horizonte, se revela la misa que es el sol de la Iglesia, el sol de toda nuestra vida, el sol de la vida del cristiano…».
(Fuente: sitio Credidimus Caritati)

«El solo hecho de que todos los sacerdotes que lo deseen, puedan decir esta misa, creo que esto tendría consecuencias enormes en la Iglesia »: ¿no es éste acaso el aporte fundamental del Motu Proprio de 2007? La Fraternidad San Pío X, por intermedio de Mons. Fellay, manifestó una gran satisfacción ante este texto liberador. Y no era para menos, puesto que su fundador lo había anunciado como una «aurora en la Iglesia».



II – EL CARDENAL RATZINGER: EL PRINCIPIO DE LA LIBERTAD DE LA MISA PLANTEADO EN 1982






En los comienzos del pontificado de Juan Pablo II, la idea de la libertad litúrgica estaba en boga. Hoy sabemos que, apenas nombrado Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe –y encargado por el papa, de modo oficioso, del conjunto del expediente relativo a la problemática litúrgica– el cardenal Ratzinger organizó una reunión, el 16 de noviembre de 1982, en el palacio del Santo Oficio, para tratar «asuntos relativos a la liturgia » (1), esto es, tanto el problema litúrgico en sí mismo como el problema de la Fraternidad San Pío X.

1982. Estamos exactamente un cuarto de siglo antes de Summorum Pontificum. Durante la reunión, el cardenal Ratzinger obtuvo que todos los participantes, sin excepción (2), afirmaran como algo evidente que, «independientemente de la “cuestión Lefebvre”, el misal romano, en la forma vigente hasta 1969, debe ser admitido por la Santa Sede en toda la Iglesia en las misas celebradas en lengua latina».

Los prelados también trataron el tema relacionado con la cuestión litúrgica, o sea, la cuestión de la Fraternidad San Pío X, y consideraron que su solución debía comenzar con una visita canónica (que, en efecto, tuvo lugar cinco años más tarde)



III – LA ALIANZA OBJETIVA LEFEBVRE/RATZINGER EN PRO DE LA LIBERTAD LITÚRGICA


Diversas etapas jalonaron el proceso de liberalización de la liturgia no reformada (proceso tan inaudito como la misma reforma de Bugnini) durante el cuarto de siglo que siguió a esta iniciativa del cardenal Ratzinger. En los hechos, dicho proceso ha demostrado estar íntimamente vinculado a la solución canónica de las cuestiones relacionadas con la Fraternidad San Pío X, aun cuando de manera oficial, todo el mundo pretende que se trata de dos asuntos diferentes.


a)  El 18 de marzo de 1984, a pedido del cardenal Ratzinger, el cardenal Casaroli, Secretario de Estado, escribe al cardenal Casoria, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, para solicitarle que preparara el primer acto de la restauración del uso del misal tradicional: «La prohibición absoluta de la utilización del misal mencionado no puede justificarse ni desde el punto de vista teológico, ni desde el punto de vista jurídico». El 3 de octubre de 1984, el sucesor del cardenal Casoria en Culto Divino, Mons. Mayer, envía a los presidentes de las conferencias episcopales de todo el mundo, la carta circular Quattuor abhinc annos, llamada «indulto de 1984», que autoriza la celebración según el misal de 1962 «a los grupos que la soliciten».


b)  El 30 de octubre de 1987, último día de la asamblea del Sínodo sobre «La vocación y la misión de los laicos en la sociedad y en la Iglesia», el cardenal Ratzinger anuncia a los obispos el nombramiento de un Visitador apostólico para la obra de Marcel Lefebvre: el cardenal canadiense Édouard Gagnon, presidente del Consejo para la Familia. Después de esta visita, realizada en abril y mayo de 1988, se llevan a cabo las negociaciones entre el cardenal Ratzinger y Mons. Lefebvre, que culminan con el acuerdo del 5 de mayo, finalmente denunciado por Mons. Lefebvre (en particular, a causa de la falta de garantías con respecto al nombramiento y la fecha de la ordenación de otro obispo para la Fraternidad). Mons. Lefebvre procede entonces, a la ordenación de cuatro obispos, en Écône, el 30 de junio de 1988.

Como reacción ante este acto, Roma publica el Motu Proprio Ecclesia Dei del 2 de julio de 1988, que si bien condena a Mons. Lefebvre, instituye una Comisión pontificia para «facilitar la plena comunión eclesial» de los sacerdotes y religiosos vinculados al misal de 1962 y para supervisar la aplicación del indulto de 1984 por los obispos.


c)  En enero de 2002, el malogrado acuerdo de 1988 entre Mons. Lefebvre y Roma se realiza Mons. Licinio Rangel, sucesor de Mons. de Castro Mayer como superior de la comunidad tradicional de la diócesis de Campos. Se crea un ordinariato personal y Roma acepta, en junio de ese mismo año, la designación de un coadjutor que sucederá automáticamente a Mons. Rangel. Así, una comunidad de más de 20.000 fieles, unos veinte sacerdotes y otras tantas escuelas, volvía a la plena comunión con Roma conservando en su integridad los usos litúrgicos preconciliares.


d)  Como culminación de este proceso, el 7 de julio de 2007, el papa Benedicto XVI promulga el Motu Proprio Summorum Pontificum que restituye a todos los sacerdotes el uso privado del misal de 1962 e invita a los párrocos a responder favorablemente a los grupos estables de fieles que deseen beneficiarse con su aplicación. Encomiado por el superior de la Fraternidad San Pío X, este texto tiene el carácter de «ley universal de la Iglesia» (Instrucción Universæ Ecclesiæ) favorece los contactos entre Roma y Écône y conduce, en enero de 2009, al levantamiento de las excomuniones de los obispos consagrados en 1988.



IV – LIBERTAD LITÚRGICA/LIBERTAD TEOLÓGICA: EL DISCURSO DE JULIO DE 1988 DE JOSEPH RATZINGER SOBRE MONS. LEFEBVRE


En nuestra carta en francés del 4 de junio de 2010 (carta PL 233), consagrada al libro de Mons. Brunero Gherardini «El Concilio Ecuménico Vaticano II: una explicación pendiente», evocamos un discurso muy importante pronunciado por el cardenal Ratzinger el 13 de julio de 1988 ante los obispos de Chile y Colombia (3). En esa alocución, el futuro papa examinaba las responsabilidades mutuas después de las consagraciones episcopales efectuadas por Mons. Lefebvre en Ecône, el 30 de junio de 1988. Dicho discurso contiene dos afirmaciones fundamentales para comprender el pontificado de Benedicto XVI:

a) «Lo cierto es que el Concilio mismo no definió ningún dogma. De modo consciente, quiso expresarse en un registro más modesto, como un concilio simplemente pastoral; sin embargo, muchos lo interpretan como si fuera un "súper dogma" que privaría de toda su importancia al resto».

b) «Defender la validez y el carácter obligatorio del Concilio Vaticano II, frente a Mons. Lefebvre, es y continuará siendo una necesidad».
De donde se sigue una dificultad todavía no resuelta hasta hoy y que ha tenido su peso en las recientes discusiones entre la FSSPX y Roma: ¿cuál es el «carácter obligatorio» para la fe de unas enseñanzas expresadas con «un criterio más modesto» que el del Credo?

El paralelo chocará a algunos, pero ¿por qué no aplicar al concilio lo que el papa Benedicto XVI ha aplicado a la liturgia? Para relativizar el carácter de «súper liturgia» de la nueva misa, con el Motu Proprio Summorum Pontificum, el papa ha recordado que la antigua misa nunca había sido prohibida y ha liberado su uso (al menos en teoría) para los sacerdotes y fieles.



V – LAS REFLEXIONES DE PAIX LITURGIQUE


1)  La declaración del 11 de mayo de 1979 de Mons. Lefebvre sorprende no sólo por la fecha en que tuvo lugar, sino también porque arroja sobre el prelado de Écône una luz diferente de la habitual. Nada violentamente polémico ni rígido, menos aún, «sectario» en sus palabras de 1979, que expresan una esperanza con respecto a la vida concreta de la Iglesia. Estamos ante un «Lefebvre pastoral», en el sentido dado a este término durante el Concilio, pero de otro tenor: un ecumenismo intraeclesial, que busca hacer la experiencia concreta de la libertad de la misa tradicional en las parroquias, con el objetivo de favorecer su renovación litúrgica, espiritual y doctrinal.

El fundador de la FSSPX expresa su esperanza de ver que algún día la misa tradicional se convierta libremente en la «misa de las parroquias, la misa de las iglesias». Admite, por cierto, que «todavía habrá dificultades, discusiones, oposiciones, todo lo que vosotros queráis». Pero apunta muy concretamente a lo esencial: «Esta misa retomará su lugar, tal vez no el suficiente al principio». Asigna a su obra una finalidad considerable, aunque pueda parecer modesta: «El solo hecho de que todos los sacerdotes que lo deseen, puedan decir esta misa, creo que esto tendría consecuencias enormes en la Iglesia. Creo que, si eso se da, habremos servido para algo…». Y Mons. Lefebvre insiste en la coherencia entre la liturgia y la doctrina: «El día en que la Misa esté a salvo, la Tradición de la Iglesia también estará a salvo, porque con la misa tenemos los sacramentos, con la misa, tenemos el Credo, con la misa, tenemos el catecismo, con la misa tenemos la Biblia y todo, todo…».


2)  En cuanto al proceso de liberalización iniciado por el cardenal Ratzinger en 1982, también es pastoral y concreto. Se puede hablar, como en el caso del dogma –pero aquí con relación a la liberalización de la misa llamada hoy extraordinaria– de una «evolución homogénea»:

– circular Quattuor abhinc annos, del 3 de octubre de 1984: los obispos pueden autorizar la misa tradicional, pero con condiciones y no en las iglesias parroquiales.

– Motu Proprio Ecclesia Dei adflicta del 2 de julio de 1988: se invita a los obispos a permitirla de manera amplia y generosa (en principio) en sus respectivas diócesis.

– erección de la Administración Apostólica personal San Juan María Vianney en Campos, Brasil, en enero de 2002: puede ser la fuente única de la vida eucarística de una vasta comunidad.

– Motu Proprio Summorum Pontificum del 7 de julio de 2007: la decisión pasa, en principio, a los párrocos en sus respectivas parroquias; y, sobre todo, se declara que esta misa nunca fue abolida y su celebración privada se convierte en un derecho para todo sacerdote de rito romano, sin restricción alguna.

– lógicamente, algún día habrá de ver la luz un último texto para constatar la libertad pura y simple. Una libertad «normal», como dijera el cardenal Cañizares, para celebrar la misa extraordinaria en todas las iglesias. La «misa de siempre» pasará, entonces, a ser la «la misa de todas partes».


3)  La dificultad que se debe superar en esta última etapa es que se ha pasado del no-dogma del Vaticano II a un «súper dogma» que abarca también la liturgia del concilio Vaticano II; se ha pasado de un concilio no infalible, que no compromete la fe, a un supuesto «espíritu del Concilio» tiránico, que pretende dogmatizar también las nuevas formas del culto divino.

En el fondo, se trata de defender una sana libertad, una verdadera libertad teológica, no para impugnar el dogma católico, sino para explicarlo, defenderlo e incluso hacerlo «progresar», para hacer progresar su justa comprensión.

Libertad estrechamente vinculada a una sana libertad litúrgica, pero no una libertad para todo tipo de abusos, sino una libertad para ilustrar, defender y hacer progresar la fe de los fieles en la transubstanciación eucarística, en el sacrificio propiciatorio renovado en la celebración de la misa, en el sacerdocio sacramental y jerárquico instituido por Jesucristo.

¿No es paradójico que hoy todo esté libremente permitido, pero que sólo una libertad se refrene, la que busca seguir los caminos tradicionales, libertad negada por aquéllos que aún conservan en sus manos las riendas del poder, o libertad tan controlada por estos mismos que, en los hechos, resulta aniquilada, y todo esto en nombre del «espíritu» del Concilio que quiso ser, o se quiso que fuera, un concilio «liberador»?


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(1) «Nel 1982 neanche l’alleanza Ratzinger-Casaroli riuscì a sdoganare la Messa tridentina», Il Foglio, 19 de marzo de 2006.

(2) Se trataba, además del mismo cardenal en su carácter de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe de los cardenales: Sebastiano Baggio, Prefecto de la Congregación para los Obispos; William W. Baum, arzobispo de Washington; Agostino Casaroli, Secretario de Estado; Silvio Oddi, Prefecto de la Congregación para el Clero y de Mons. Giuseppe Casoria, entonces Pro Prefecto de la Congregación para el Culto y los Sacramentos.

(3) Mons. Müller, nuevo Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, emprendió, siendo obispo de Ratisbona, la publicación de las Obras Completas de Joseph Ratzinger en
16 volúmenes. En los volúmenes publicados hasta ahora, no hay huellas de este discurso del 13 de julio de 1988, que bien podría haber sido publicado en el tomo 7 sobre las enseñanzas del Concilio Vaticano II, su formulación, su interpretación o en el tomo 11 sobre la teología de la liturgia. Esperemos a ver si aparece más adelante…