SUMMORUM PONTIFICUM, UN OASIS ESPIRITUAL PARA LOS SACERDOTES DE NUESTROS DIAS
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"Debemos tener el coraje de crear islas, oasis, y luego grandes terrenos de cultura católica, en los cuales se viva el designio del Creador." Benedicto XVI, 6 de abril de 2006



El derecho canónico prevé que todo sacerdote, secular o regular, observe un tiempo de retiro espiritual una vez por año (cánones 276 y 719). Diócesis e institutos proponen ejercicios espirituales a sus sacerdotes, pero, al menos en cuanto al clero secular se refiere, la elección de estos retiros queda a criterio de la iniciativa individual. Para los sacerdotes «ordinarios», estos retiros pueden ser la oportunidad de vivir algunos días siguiendo la liturgia y la espiritualidad tradicionales; en especial, como ocurre en Francia, en el silencio discreto de los monasterios.

En muchos países, sin embargo, estos oasis monásticos no existen y los sacerdotes vinculados o simplemente, atraídos por la forma extraordinaria del rito romano, deben acudir a los institutos Ecclesia Dei o a la Fraternidad San Pío X, o bien organizarse entre sí. Así ocurre en Italia, donde, por iniciativa del R.P. Nuara, O.P., la Amistad sacerdotal Summorum Pontificum ofrece dicha alternativa a sacerdotes que, tal vez, nunca han vivido la experiencia de la Tradición.



I – TRES PREGUNTAS AL R.P. NUARA
Entrevista realizada en Roma, al término de los ejercicios espirituales 2017 de la ASSP (febrero de 2017).

1) R.P. Nuara, ¿cómo se desarrollan estas jornadas de retiro espiritual?

R.P. Nuara: ¡De manera muy tradicional, diría yo! Esta es la séptima vez que se realizan. Todos los años, invitamos a un predicador distinto que elige libremente un tema sobre tal o cual aspecto de la vida sacerdotal y espiritual. Este año, la Amicizia Sacerdotale Summorum Pontificum ha tenido la alegría de recibir al fundador de los monjes de Nursia, el R.P. Cassian Folsom, O.S.B., quien nos ha instruido sobre la sagrada liturgia como fuente de santificación. El predicador da dos instrucciones por día, después de tercia y de nona. Los días transcurren al ritmo de la recitación en común del Oficio Divino, desde laudes hasta completas. El resto del tiempo, reina el silencio. A lo largo del día, los sacerdotes se alternan para celebrar su misa privada en los cuatro altares previstos a tal efecto.

2) ¿Quién participa en sus retiros?

R.P. Nuara: Todos los sacerdotes son bienvenidos. Ya sean o no diocesanos, celebren o no la forma extraordinaria del rito romano, vengan de Italia o del extranjero (este año, hemos tenido un misionero polaco venido de Asia, por ejemplo). Muchas veces vienen de a dos, uno trae al otro. Y por supuesto, incluso cuando no están familiarizados con la forma extraordinaria, todos se sienten atraídos por la espiritualidad tradicional. Para unos, es una ocasión de renovar su identidad sacerdotal, su vocación. En efecto, algunos reconocen haber dejado la práctica del retiro espiritual, cansados del ruido y la superficialidad imperantes en aquellos donde solían asistir. El silencio que descubren aquí, aun cuando a veces resulta difícil de guardar, es un tesoro que custodian celosamente.

3) Más allá de los frutos individuales inherentes a este tipo de retiro, ¿ve frutos colectivos?

R.P. Nuara: En primer lugar, me gustaría decir que este retiro anual nace como un fruto del motu proprio de Benedicto XVI. En segundo lugar, al cabo de siete retiros, es evidente que los frutos de esta semana de intensa vida espiritual y litúrgica exceden el marco individual.
Según comentan los participantes, es a la vez una experiencia de caridad sacerdotal, de caridad fraterna y de caridad espiritual.
- Es una experiencia de caridad sacerdotal porque responde a una necesidad primordial de la vida sacerdotal que constituye, a la vez, un deber canónico de los sacerdotes. Algunos sacerdotes sufren por no poder encontrar en los retiros que les proponen sus diócesis o comunidades, el alimento espiritual que necesitan. Es ese momento clave de su vida espiritual lo que ofrecemos gracias al motu proprio Summorum Pontificum.
- Es una experiencia de caridad fraterna porque permite a sacerdotes muchas veces aislados, sobre todo a causa de su sensibilidad tradicional, encontrarse entre hermanos. Es una ocasión de compartir un intenso momento de oración, reflexión y meditación, inmersos en «la fuerza» del silencio como la ha llamado justamente el cardenal Sarah. Durante algunos días, dejan de tener la impresión de ser extraños...
- Es también una experiencia de caridad espiritual, porque les permite descansar, cuidar y fortificar el alma. Para todos, es una oportunidad de reavivar el don de Dios, la gracia sacramental recibida en la ordenación sacerdotal. Así, recargan las baterías de su celo apostólico y, de regreso a sus parroquias o ministerios, están en mejores condiciones para servir a las almas que les han sido confiadas.


Muchos sacerdotes aprovechan su tiempo de retiro espiritual para descubrir la forma extraordinaria del rito romano.


II – LAS REFLEXIONES DE PAIX LITURGIQUE

1) Renovar su identidad sacerdotal, reavivar la gracia sacramental de la ordenación, aprovechar el silencio: las razones que atraen a los sacerdotes a los retiros del padre Nuara son las mismas que motivan a numerosos fieles, que muchas veces han abandonado la práctica religiosa, a abrazar la forma extraordinaria del rito romano. Para nosotros, laicos, el silencio de los santos misterios, tal como han sido celebrados durante siglos, nos ayuda a reencontrar el sentido de nuestra fe, a renovar las promesas de nuestro bautismo, en una palabra, a despojarnos del hombre viejo para revestirnos de Cristo. Por cierto, esta búsqueda de trascendencia, de alimento espiritual, desentona en una sociedad, incluso católica, cada vez más horizontal, materialista e inmediatista. De allí la necesidad de poder aprovechar estos momentos para recargar nuestra alma: peregrinaciones, ejercicios espirituales, devociones privadas o públicas, que, no cesan de multiplicarse entre el pueblo Summorum Pontificum.

2) Por su parte, los sacerdotes están obligados a buscar la santidad, «ya que, consagrados a Dios por un nuevo título en la recepción del orden, son administradores de los misterios del Señor al servicio de su pueblo», como dice el canon 276. Aún con mayor intensidad que los fieles, deben entregarse regularmente a «ejercicios» que los ayuden a examinar mejor su conciencia, hacer ante Dios el balance de su vida sacerdotal, reavivar la práctica de la oración, fortificarse en la ascesis y la vida virtuosa. Sin duda, pueden hacerlo en diversos lugares y por medio de los distintos retiros existentes, pero el marco de la liturgia tradicional es, según enseña la experiencia, particularmente propicio para esta renovación de su vida sacerdotal.

3) La liturgia tradicional posee, aparte de sus cualidades espirituales y doctrinales ad extra, es decir, dirigidas a los fieles, un poderoso «valor nutritivo» ascético y místico para los sacerdotes que la celebran. Este llamado a la santidad y a la piedad del ministro que ofrece los santos misterios, está inscrito con gran fuerza en el usus antiquior por medio de las numerosas oraciones que enmarcan los grandes momentos del sacrificio (oraciones preparatorias de los ministros, oraciones de aplicación del sacrificio en el ofertorio, oraciones de preparación a la comunión y oraciones de acción de gracias). Además, según confesión del principal reformador de la liturgia (*), Mons. Annibale Bugnini, cuando la misa nueva en gestación fue presentada por primera vez a los obispos –con ocasión de la asamblea del Sínodo de 1967–, estos tuvieron una impresión muy negativa, sobre todo porque la encontraron muy «empobrecida», justamente, a causa de la supresión de todo este magnífico corpus de oraciones.

4) Por último, como telón de fondo de la obra del R.P. Nuara y otras semejantes –por ejemplo, el Opus sacerdotale (Francia), el Netzwerk katholischer Priester (Alemania) y la Confraternity of Catholic Clergy (Estados Unidos, Australia, Irlanda, Reino Unido)– subyace el tema crucial de la necesaria reforma del clero diocesano. Históricamente, las grandes restauraciones de la Iglesia, como la reforma gregoriana o la contrarreforma del Concilio de Trento, tuvieron como eje una exigente renovación espiritual, ascética y doctrinal del clero, sobre todo del clero diocesano, con el apoyo de institutos fundados para ayudar a los clérigos «de parroquia» o que se reformaron en este sentido (ver las innumerables fundaciones de seminarios por los eudistas o los lazaristas, en particular, y también, los ejercicios espirituales organizados por la Compañía de Jesús para los sacerdotes). Hoy, cuando la crisis liberal nacida del Concilio Vaticano II prosigue sus estragos, volvemos a encontrar este esquema virtuoso en la invitación a renovarse propuesta por las comunidades e institutos que siguen la forma extraordinaria del rito romano.

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(*) Annibale Bugnini, La réforme de la liturgie (1948-1975), Desclée de Brouwer, 2015, p. 375.