Correo 1366 publicado el 4 Mayo 2026
¿QUÉ VA A PASAR
LA NOCHE DEL 1 DE JULIO DE 2026?
UNA CRÓNICA
DE PHILIPPE DE LABRIOLLE
La fecha límite del 1 de julio de 2026, fijada por la FSSPX para proceder a la consagración de obispos que sean sin duda fieles a la Tradición de la Iglesia y a la fe católica recibida de los apóstoles, es el anuncio tan esperado de un día de alegría. Aquellos que lamentan la política de afirmación de Ecône, a pesar de que comparten la Fe de siempre y son adeptos del vetus ordo, se enfrentan a la ambigüedad de su posición. Sus mayores, que en 1988 lamentaron las consagraciones que Roma no quería, abandonaron la FSSPX esperando que la Santa Sede se lo agradeciera. El conjunto Ecclesia Dei (1988/2019), constituido para dar esa impresión, nunca ha tenido el efecto de un baluarte, y mucho menos de una tebaida, contra la furia de los Ordinarios que, jactándose desde el púlpito de estar abiertos a todos, reservaban su bilis únicamente para los católicos tradicionales, salvo raras excepciones.
¿Qué va a pasar, a juicio humano, tras estas nuevas consagraciones? A priori nada, salvo incluir a los nuevos obispos consagrados el próximo 2 de julio en la situación general que es la de la FSSPX; la cual, en unos treinta años, ha pasado de la excomunión ruidosa a la validación de sus confesiones por parte del Papa, y de sus matrimonios por parte de los Ordinarios por orden del Papa. No entremos en detalles. En definitiva, las consagraciones de 1988, una vez superado el malestar gástrico, han sido digeridas. Los siguientes lo serán, en virtud de la jurisprudencia, y porque la Iglesia no puede renegar formalmente de su Tradición sin asumir ella misma la responsabilidad de las herejías cuyo cortejo equivale a un cisma. Los conciliaristas están en el poder: el cisma afectivo y cognitivo enmascara, cada vez menos, el cisma efectivo.
Las oficinas tradicionales que se han pronunciado en contra de las consagraciones han dado muestras de sofisma. Han teorizado, con la mano en el corazón, la única opción que preservaba, provisionalmente, su implantación en territorio enemigo. Al igual que en 1988, se espera clemencia, no mediante una dialéctica común con las diócesis, sino mediante el rechazo compartido de esos obispos de antaño, cediendo ante la audacia de los rebeldes y no ante ellos, irreprochables o que se quieren tal. En resumen, estos tradicionalistas han pensado en su propio negocio, más que en su Iglesia. No es de extrañar, ya que en 1988, a cambio de su incorporación a «Ecclesia Dei», habían aceptado una cláusula de silencio respecto a los estragos del Vaticano II, ya evidentes.
Esas oficinas podrían haber guardado silencio, sin hacer coro con quienes las estrangulan. Pero tal silencio podría haberse interpretado como complicidad con Ecône, de la que nada les distingue, salvo la etiqueta. El silencio, exigido sobre el funesto Concilio, habría sido culpable allí donde la libertad de expresión se vio hipotecada desde el principio. Por el contrario, los obispos franceses, en Lourdes estas últimas semanas, han dejado claro que no se dejan engañar. Detrás del apego al usus antiquior y su lex orandi, existe sin duda alguna un problema de eclesiología y de rechazo al Concilio Vaticano II, sin que los más ingenuos se den cuenta. No se les ha escapado que, al no hablar nunca del Concilio Vaticano II, resultaba lógico actuar como si nunca hubiera tenido lugar. El Concilio pastoral, al imponer una praxis desviada sin proclamar nunca la extinción del dogma, pero olvidando recordar su vigencia, acabó encontrando su réplica, al paradójico amparo de un silencio impuesto.
Aquellos a quienes se les prohibió apuntar contra el Vaticano II, y hacer estudiar los textos perversos a los que las «Actas del Concilio» proporcionan un acceso, sin embargo, fácil, han revertido, volens nolens, la situación. Hacer como si el Vaticano II no hubiera existido históricamente no ha enriquecido la cultura teológica e histórica de sus seminaristas, sino que ha enquistado la impostura, a modo de un no-acontecimiento, inaccesible por la documentación, ella misma prohibida. Esta puesta en cuarentena del Concilio no se llevó a cabo por el motivo correcto, que habría sido expurgar su veneno, sino por una tutela. La estrategia consistente en prorrogar la lex orandi de ayer, y por ende la lex credendi recibida de los apóstoles, al tiempo que se practica la exclusión del Concilio Vaticano II por obediencia, es una praxis que funciona, para gran disgusto de los obispos, quienes mantienen, no sin razón, la insignificancia de estos sospechosos más fecundos que su propio clero. Si el caos eclesiástico desestabiliza gravemente la Ciudad y deja a la República impotente, la crisis de la conciencia europea en el siglo XXI hace que los resurgimientos colectivos resulten ilusorios ante la entropía galopante de la apostasía. En definitiva, es más urgente desarrollarse que seducir al enemigo.
Las oficinas tradicionales que se equivocan de alianza, tras haber negado su deuda con Ecône, con la esperanza de una concordia con las autoridades que las asfixian, demuestran que siguen creyendo vivas unas instancias perjuras que ya están muertas. Si se les ordenara estudiar metódicamente el Vaticano II, verían, aunque fuera con el alma encogida, el veneno, mezclado con recordatorios anodinos. Si, habiendo visto el veneno, guardan silencio, ¿qué credibilidad conservarán ante sus propias tropas? Y si hablan alto y claro, como lo hace la FSSPX, y esa lucha por la fe las lleva a ser excluidas de las diócesis, pues bien, no les quedará más remedio que reintegrarse a la FSSPX.
¿Qué va a pasar, a juicio humano, la tarde del próximo 2 de julio? Los que estaban en contra se avergonzarán de su miedo. ¿Se atreverán a actuar contra sus hermanos más valientes que ellos?
Philippe de Labriolle
Psiquiatra adjunto en los hospitales



