Correo 1368 publicado el 7 Mayo 2026
LAS RAÍCES DE LA CRISIS LITÚRGICA:
LA PÉRDIDA DEL SENTIDO DE DIOS
El magisterio de la Iglesia, bajo la autoridad del Sumo Pontífice, ofrece a los obispos, a los sacerdotes, a los consagrados y a todos los fieles diversos textos destinados a ayudarles a comprender mejor a Dios, la fe y los diversos retos relacionados con la condición humana. De hecho, todo hombre está llamado, aquí en la tierra, a hacer el bien y evitar el mal con el fin de alcanzar el Cielo al término de su vida.
Si bien los papas Pablo VI y Juan Pablo II abordaron el tema de la Eucaristía (Mysterium Fidei en 1965, el primero; Ecclesia de Eucharistia en 2003, el segundo), solo una encíclica, en cambio, se ha dedicado específicamente a la sagrada liturgia. Se trata de Mediator Dei, redactada por el papa Pío XII en 1947. Este importante texto sigue siendo el documento más completo dedicado al culto divino en su conjunto y, naturalmente, en él se encuentra una definición clara de lo que es la liturgia en sí misma. Según la Santa Iglesia, «La sagrada liturgia es, pues, el culto público que nuestro Redentor rinde al Padre como Cabeza de la Iglesia; es también el culto que la comunidad de los fieles rinde a su Cabeza y, a través de él, al Padre eterno: es, en una palabra, el culto integral del Cuerpo místico de Jesucristo, es decir, del Cabeza y de sus miembros».
Esta reflexión del papa Pío XII reviste una importancia capital para quien desee comprender el caos litúrgico en el que se encuentra hoy la Iglesia. Y también es de vital importancia para quien quiera reflexionar sobre cómo resolverlo. La crisis litúrgica se explica, en efecto, desde hace más de sesenta años por una pérdida progresiva del sentido de Dios: la realidad cultual ya no está en sintonía con lo que normalmente debería definirla. Al negar al culto el rumbo que se le ha fijado, los ministros del culto maltratan a sus ovejas. Sin un rumbo preciso, los peregrinos de la eternidad que somos corremos el riesgo de perder el norte.
Entendámonos bien, tomándonos el tiempo de volver sobre la definición de liturgia citada anteriormente. La liturgia, nos dice Pío XII, es un culto rendido a Dios. Este culto se rinde dignamente a Dios porque es realizado por Cristo, dirigido al Padre en su nombre. Este culto es digno por una sencilla razón: la proporcionalidad entre el sacrificador (Cristo) y aquel a quien se dirige el sacrificio (Dios). La liturgia conserva toda su conveniencia, «vere dignum et justum est», en la medida en que es ofrecida a Dios por el mismo Cristo Sacerdote. Y por la comunidad de fieles a través de sus sacerdotes, quienes rinden culto a Dios actuando «in persona Christi», según la fórmula consagrada.
Dicho de otro modo, la liturgia es ante todo un acto de religión, es decir, un acto de piedad filial, de reconocimiento y de acción de gracias por la bondad de Dios y su amor hacia nosotros. No es una autocelebración del hombre, ni siquiera una celebración dirigida ante todo a los hombres. Es un culto rendido a Dios. En este sentido, la liturgia no es principalmente un acto misionero, sino una obra de justicia: devolver a Dios lo que le es debido.
Guardiémonos, pues, de analizar principalmente la santa liturgia bajo el prisma del rendimiento numérico o del resultado contable. Con tal enfoque, ¿no habría que creer que las misas de los jóvenes de la Frat’ o las misas tradicionales de las peregrinaciones a Chartres formarían parte del mismo programa? Sin embargo, hay que constatar que dos espíritus litúrgicos claramente diferentes impregnan estas reuniones. El oficio divino recitado por dos clérigos en su pequeña iglesia rural, «con dignidad, atención y devoción / digne, attente ac devote», tal y como lo formula la oración previa al oficio del breviario tradicional, o la liturgia celebrada en el secreto de los claustros por los monjes a primera hora de la mañana, tienen el mismo valor que una misa solemne celebrada, con el sol en su cenit, ante una gran multitud, con motivo de una peregrinación de Pentecostés. Cada una de estas liturgias, por ser tradicionales y estar inspiradas en la enseñanza de la encíclica Mediator Dei, comparten un mismo espíritu: el culto divino se dirige a Dios y se realiza en beneficio de la Iglesia universal. Solo cuando hayamos pasado al otro lado podremos comprender el peso espiritual de este culto divino en la balanza eterna.
Siendo así, «el bien es difusivo por sí mismo», como explica santo Tomás de Aquino, la obra de justicia realizada por la santa liturgia lleva consigo su cuota de beneficios para las almas. La liturgia, siempre que se celebre dignamente y sea respetuosa con el culto que tiene por misión rendir a Dios, da frutos inevitables. Bastaría con evocar los frutos misioneros de la incomparable pastoral litúrgica del santo cura de Ars, siempre dispuesto a embellecer su Iglesia y a poner en práctica esa íntima convicción que debería habitar en todo discípulo de Cristo (¡empezando por sus ministros!): «Nada es demasiado bello para Dios».
«¡Señor Dios, primero servido!», repetía santa Juana de Arco. El culto divino, cuando pone a Dios en primer lugar (¡y no al micrófono!), se realiza en beneficio de la Iglesia universal. Veremos, pues, en una próxima carta, la realidad misionera de la misa tradicional. Una realidad secundaria, y no primaria, como habremos comprendido. Pero una realidad que no es secundaria, como se ve con demasiada frecuencia.



