ENTREVISTA A MONS. SCHNEIDER
Correo 9
Imprimir Mandar a un amigoPartagez sur TwitterPartagez sur Facebook

 
 
PRIMERA PARTE – SOBRE LA COMUNIÓN

La reforma de la reforma promovida por el Santo Padre es una obra que, hasta ahora, avanza lentamente por la falta del apoyo necesario de la jerarquía episcopal. A pesar de la inmovilidad de la mayoría de los obispos, algunos decidieron lanzarse, con entusiasmo y obediencia, a promover el nuevo movimiento litúrgico querido por Benedicto XVI: nos alegra presentaros, esta semana, la primera parte de una entrevista con uno de ellos, S.E. Monseñor Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Karaganda en Kazajstán, autor del libro “Dominus Est - Reflexiones de un obispo del Asia central sobre la Sagrada Comunión”, publicado en español por Libreria Editrice Vaticana. Justamente, Mons. Schneider nos hablará hoy acerca del tema de la comunión.


1) Excelencia, ante todo, ¿podría presentarnos la orden religiosa a la que pertenece: los Canónigos Regulares de la Santa Cruz, conocidos también como Canónigos de Coimbra?

S.E. Mons. Athanasius Schneider: La orden fue fundada en 1131, en Coimbra, Portugal, por Dom Tello y San Teotonio, el primer portugués canonizado. La fundaron junto con otros diez religiosos, y eligieron seguir la regla de San Agustín, bajo la doble protección de la Santa Cruz y de la Inmaculada Concepción. La orden tuvo un rápido crecimiento.
Portugués de nacimiento, San Antonio de Padua perteneció a esta orden antes de unirse a los franciscanos. En 1834, el gobierno portugués prohibió las órdenes religiosas. Sin embargo, para la Iglesia, una orden sólo se extingue cien años después de la muerte del último de sus miembros. En virtud de tal disposición, el Primado de Portugal decidió restaurar la orden al término del Concilio Vaticano II. Su renacimiento fue aprobado en 1979 por un decreto de la Santa Sede, firmado por Mons. Augustin Mayer, entonces secretario de la Congregación para los Religiosos.
La orden está dedicada a la veneración de la Santa Cruz y de los ángeles y vinculada de manera especial a la obra proseguida por el Opus Angelorum. Nacida en Austria, el Opus Angelorum dio vida, en 1961, a la Confraternidad de los Ángeles Guardianes, con la vocación de reunir a los “hermanos de la Cruz”. La fundadora del Opus Angelorum, una sencilla madre de familia austríaca, Gabriela Bitterlich, quería aportar una ayuda espiritual a los sacerdotes y participar en la expiación de sus pecados, mediante la práctica de la adoración eucarística.
Después de ser objeto de varias intervenciones de la Santa Sede, con el fin de clarificar su funcionamiento, finalmente, el Opus Angelorum se convirtió, desde de 2007, en la tercera orden de los Canónigos Regulares de la Santa Cruz.
La orden cuenta con 140 miembros, de los cuales 80 son sacerdotes, y está presente en Europa, Asia y América.
En la orden, la Misa se celebra según el Novus Ordo, pero versus Deum, y la comunión de administra de la manera tradicional, revalorizada por el Santo Padre en las ceremonias presididas por él: comunión en la lengua y de rodillas. Con esta elección, la orden perpetúa también la memoria de la fundadora del Opus Angelorum, que había sufrido mucho con la generalización de la comunión en la mano.


2) Excelencia ¿es este respeto hacia la Eucaristía lo que lo llevó a unirse a la orden?

AS: Sí. Usted debe de saber que yo viví durante 12 años, los primeros de mi vida, bajo la tiranía del comunismo soviético. Crecí en el amor a Jesús Eucaristía, gracias a mi madre, que era una “mujer hostia”, es decir, una de esas piadosas mujeres que conservaban secretamente la Hostia consagrada para evitar que se cometieran sacrilegios cuando los sacerdotes eran encarcelados o interrogados por las autoridades.
Usted se imaginará cuán chocado me sentí cuando, al llegar a Alemania en 1973, descubrí cómo se administraba la comunión en la iglesia. Recuerdo haberle dicho a mi madre la primera vez que vi la comunión distribuida en la boca: “Mamá, ¡pero si es como cuando nos reparten caramelos en la escuela!”.
Más tarde, cuando creí tener vocación sacerdotal, busqué una vía que me permitiera ser también, a mi manera, guardián de Jesús Hostia. La Providencia quiso que fuera precisamente en el momento del relanzamiento de los Canónigos de la Santa Cruz.


3) Desde su elección, ocurrida en pleno año eucarístico, Benedicto XVI ha reafirmado constantemente la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía. Incluso, a partir de la fiesta de Corpus Christi de 2008, retomó la costumbre de dar la Comunión en la lengua a los fieles arrodillados. Tocados por este ejemplo papal, muchos sacerdotes, generalmente los más jóvenes, comienzan a dudar de los méritos de la comunión generalizada en la mano, que, además, es considerada por algunos como uno de los peores daños de la reforma litúrgica. Precisamente, su libro, “Dominus Est”, aborda este tema. En su opinión, ¿se puede decir, como hace Mons. Malcolm Ranjith en el prefacio del libro, que la comunión en la mano ha favorecido una disminución de la fe en la presencia real de Cristo, y, en consecuencia, una falta de respeto hacia el Santísimo Sacramento? Baste mencionar los sagrarios relegados a un rincón en las iglesias, los fieles que ya no hacen la genuflexión ante el Santísimo, las comuniones sacrílegas, etc.

AS: Ante todo, quisiera subrayar que creo que también se puede comulgar con gran reverencia si se recibe la hostia en la mano. Pero, en su forma más habitual, donde el ministro y el fiel parecen haber olvidado la sacralidad del acontecimiento, debo admitir que la Comunión en la mano contribuye a un debilitamiento de la fe y a una menor veneración del Señor Eucarístico. En ese sentido, estoy plenamente de acuerdo con las observaciones de S.E. Mons. Ranjith.
Algunas consideraciones ayudarán a comprenderlas:
- Nada garantiza la veneración de los fragmentos más ínfimos de la Hostia. Sufro con la pérdida de los fragmentos de la Sagrada Eucaristía, tan frecuente debido a la generalización casi total de la práctica de la comunión en la mano. No entiendo cómo es posible semejante indiferencia, que, con el tiempo, lleva a una disminución de la fe en la Transubstanciación, cuando no, a su desaparición pura y simple…
- La comunión en la mano favorece en gran manera el robo de las especies eucarísticas. Como consecuencia, se comenten sacrilegios que, en ningún caso, deberíamos permitir.
- Por otra parte, el desplazamiento del sagrario daña la centralidad de la Eucaristía, incluso desde una perspectiva pedagógica: el lugar donde reposa Nuestro Señor Jesucristo debe ser siempre visible por todos.


4) Aunque en un comienzo sólo fue autorizada mediante un indulto, la comunión en la mano se convirtió en una norma, casi un dogma, en la mayoría de las diócesis. ¿Cómo explica tal evolución?

AS: Esta situación se impuso con todas las características de una moda, y tengo la impresión de que su difusión respondió a una verdadera estrategia. Esta costumbre se propagó con el efecto de una avalancha. Me pregunto cómo hemos podido volvernos tan insensibles, al punto de no reconocer ya la sublime sacralidad de las especies eucarísticas, ya que es Jesús quien vive en nosotros con Su divina majestad.


5) Hasta ahora, muy pocos prelados han decidido imitar al Santo Padre y dar también la comunión del modo tradicional. Por ello, muchos sacerdotes dudan de seguir su ejemplo. Para usted, ¿se trata de simples resistencias conservadoras (los “logros” del Concilio no se tocan), o, lo que sería peor, de un desinterés por la cuestión?

AS: No podemos juzgar las intenciones, pero una observación externa permite pensar que existe una resistencia, si es que no se trata, en efecto, de un desinterés, con relación al modo más sacro y más seguro de recibir la comunión. Como si una parte de los pastores de la Iglesia hiciese como si no viera lo que lleva a cabo el Sumo Pontífice: un magisterio eucarístico práctico.