Correo 1353 publicado el 7 April 2026

¿QUÉ SENTIDO HAY QUE DAR

A LA CARTA DEL CARDENAL PAROLIN

A LOS OBISPOS DE FRANCIA?

«SEÑORES OBISPOS, SÁQUEN

EL VETUS ORDO DE LA PRECARIDAD»

Con motivo de la asamblea plenaria de primavera de la Conferencia Episcopal de Francia, celebrada recientemente en Lourdes, su presidente, el cardenal Jean-Marc Aveline, solicitó a Su Santidad el Papa León XIV un mensaje. Fue su secretario de Estado, el cardenal Pietro Parolin, quien se encargó de esta tarea enviando una carta en nombre del Santo Padre a todos los obispos de Francia.

Hace un año, en nuestra carta n.º 1168, nos detuvimos en las convicciones del cardenal Parolin. Falso moderado y verdadero progresista, el cardenal Parolin desempeñó un papel clave en la elaboración de Traditionis Custodes. Los pasillos del Vaticano le atribuyen esta frase: «¡Debemos poner fin a esta misa para siempre!», mientras el cardenal secretario de Estado se refería al destino de la misa de San Pío V, jugando con su denominación de «misa de siempre» en las corrientes tradicionales.

Si bien, desde entonces, el cardenal Parolin sigue ocupando en estos momentos el mismo cargo, se ha elegido, no obstante, un nuevo Papa y, en lo que respecta a la forma, León XIV no es Francisco. ¿Qué hay del fondo? Podemos afirmar, como mínimo, que bajo el pontificado anterior, el cardenal Parolin nunca habría escrito las siguientes palabras, las que constituyen el cuarto párrafo de su carta —redactada por él mismo, pero escrita en nombre del Papa— y que tratan «del delicado tema de la Liturgia, al que el Santo Padre presta especial atención, en el contexto del crecimiento de las comunidades vinculadas al Vetus Ordo. »

Detengámonos, pues, en estas líneas.
«Es preocupante que siga abriéndose en la Iglesia una dolorosa herida en torno a la celebración de la Misa, el sacramento mismo de la unidad». En una frase, el cardenal se ve obligado a admitir el fracaso de la pedagogía de Traditionis Custodes. La estrategia litúrgica por la que ha trabajado y que pretendía aclarar para pacificar no ha hecho más que polarizar aún más «la delicada cuestión de la liturgia». Una consecuencia ha sido sin duda subestimada hasta ahora: ha hecho impopular al papa Francisco, quien, como ya sabemos, no ha apreciado el procedimiento que le habían sugerido. Traditionis Custodes se inscribió en total contradicción con lo que pretendía su pontificado: una investigación ocultada en contra de la transparencia, medidas vejatorias en contra de la inclusión, una decisión arbitraria en contra de la sinodalidad.

«Para sanarla, es sin duda necesaria una nueva mirada de cada uno hacia el otro, con una mayor comprensión de su sensibilidad; una mirada que permita a hermanos ricos en su diversidad acogerse mutuamente, en la caridad y la unidad de la fe. » ¿Una nueva mirada? ¿Acogerse mutuamente? ¡Al cardenal Parolin no le faltan las ocurrencias! Él sabe mejor que nadie, por haber sido el principal artífice durante los últimos cinco años, el muro que se ha erigido en Roma contra el clero y los fieles apegados a la liturgia tridentina. De hecho, todas las iniciativas de diálogo y las manos tendidas por el mundo tradicional han caído en saco roto. Así, se sabe que los intentos de contacto del superior de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X recibieron una respuesta negativa. Este silencio romano no ha hecho más que contribuir al vergonzoso escenario que se desarrolla ante nuestros ojos. Se sabe también que, poco después de la publicación de Traditionis Custodes, cuyo efecto devastador fue innegable en el clero tradicional, los superiores de las comunidades ex-Ecclesia Dei enviaron una carta a las autoridades romanas solicitando un diálogo franco y benevolente. Una vez más, la respuesta fue el silencio. Cabe señalar, además, que las madres de los sacerdotes que en 2022 realizaron una larga marcha a pie desde París hasta Roma bajo el nombre de La Voie Romaine, aspiraban a ser escuchadas por el Papa o por uno de sus representantes, con el fin de entregarle las miles de cartas que habían sido redactadas por fieles y que imploraban la paz litúrgica. Al término de su peregrinación, una vez llegadas a la Ciudad Eterna, estas valientes madres de sacerdotes recibieron una acogida de lo más escueta, por no decir gélida. Por último, la disolución de la comisión Ecclesia Dei tras el Motu Proprio Traditionis Custodes ha aniquilado precisamente toda posibilidad de que los fieles tradicionales expresen su diversidad y las graves dificultades a las que podían enfrentarse, al tener que hacer frente a la obstinada incomprensión de ciertos obispos. Su sincero apego a la forma litúrgica antigua era recibido con indiferencia, cuando no con desprecio. «Sin duda es necesaria una mayor comprensión de su sensibilidad», nos dice el cardenal Parolin. Que Dios se apiade de este lenguaje rebuscado, cuando quien escribe estas palabras es responsable del destino de miles de sacerdotes que celebran la misa tradicional, ya sean diocesanos o pertenezcan a comunidades tradicionales, sometidos a la arbitrariedad o al ostracismo clerical tras la publicación de Traditionis Custodes.

«Que el Espíritu Santo les sugiera soluciones concretas que permitan incluir generosamente a las personas sinceramente apegadas al Vetus Ordo, respetando las orientaciones deseadas por el Concilio Vaticano II en materia de liturgia. » Tras haber sembrado la discordia, el cardenal Parolin se apresura, bajo el pretexto de la voluntad pacificadora de León XIV, a pasar la patata caliente a los obispos de Francia, después de haber avivado maliciosamente él mismo las brasas y contribuido al caos de la situación actual…`

Por supuesto, nos alegraremos de esta nueva situación, de este proyecto de cambio de paradigma y de esta invitación a «acoger generosamente a las personas sinceramente apegadas al Vetus Ordo». Sin embargo, permítannos estar particularmente atentos, ¡por no decir recelosos! «La acogida amplia y generosa» de los fieles tradicionales a la que el Motu Proprio Ecclesia Dei de Juan Pablo II llamaba a los obispos de todo el mundo en 1988 resultó ser estrecha y recelosa. La famosa frase de Benedicto XVI en su carta que acompañaba al Motu Proprio Summorum Pontificum en 2007, en la que recordaba que «lo que era sagrado para las generaciones anteriores sigue siendo grande y sagrado para nosotros, y no puede, de improviso, verse totalmente prohibido, ni siquiera considerado como nefasto», ha sido desmantelada pieza a pieza por Traditionis Custodes. Hace poco, con motivo del último consistorio del pasado mes de enero, el cardenal Roche se empeñó en autocelebrar las restricciones litúrgicas que había establecido junto con el cardenal Parolin, argumentando, de manera descarada, que la liturgia tradicional solo se había beneficiado de un régimen de concesión y que ¡eso estaba muy bien así!
Así se comprenden mejor las razones de la gran vigilancia de la corriente tradicional cuando se le susurran palabras bonitas y se le hacen ojitos. Si bien esta actitud tiene su encanto, sobre todo en un momento en el que los golpes de bastón están más a la orden del día, lo que se espera son sobre todo hechos. La confianza no se decreta, se gana, y sin confianza no existe autoridad reconocida. No es amor lo que necesitan los fieles tradicionales, sino pruebas de amor.
Esta prueba principal consistirá en un rumbo claro y preciso: sacar los sacramentos tradicionales de la precariedad en la que se encuentran. Una precariedad a dos niveles. Precaria desde el punto de vista de la estabilidad: reafirmar la plena legitimidad del uso del misal y del ritual tradicionales para extinguir de manera resuelta toda amenaza de que se pongan en tela de juicio. Pero la precariedad también se refiere a la situación de un grupo de personas que carecen de recursos para acceder a los productos de primera necesidad. Ahora bien, esta precariedad impuesta a numerosos fieles es en sí misma escandalosa: «las personas sinceramente apegadas al Vetus Ordo» deben, en efecto, poder acceder tranquilamente a los bienes de primera necesidad que les ofrece esta vida litúrgica tridentina.
Sacar de la precariedad a los pobres de la Iglesia: tal es el deseo que formularán los fieles que caminarán por la Beauce durante la próxima Pentecostés. A este respecto, ¡las inscripciones están abiertas!